COMUNICA 20-21
Desde el Departamento de Lengua hemos diseñado una actividad destinada a todo el alumnado del Centro, la cual explicamos a continuación.
Concurso Plagio Creativo
Introducción
Desde nuestro centro,
I.E.S Margarita Salas, queremos realizar diferentes tipos de actividades que
fomenten la creatividad artística de nuestro alumnado. Por este motivo, desde
el Departamento de Lengua Castellana y Literatura hemos diseñado un concurso
que desarrolle dicha capacidad artística entre el alumnado de ESO, Bachillerato
y Ciclos Formativos.
El concurso de “Plagio
Creativo” consiste en recrear la historia de una serie de textos seleccionados
adoptando la voz del narrador o del personaje. ¿Cómo contarías esa historia?
¿Cómo transmitirías ese sentimiento?, ¿Cómo describirías ese paisaje? Queremos
escucharte y descubrir lo que eres capaz de versionar.
Bases del concurso
1.
En este concurso puede
participar todo el alumnado del I.E.S. Margarita Salas.
2.
Los textos deberán
ser entregados en formato digital y con las siguientes características: letra
Times New Roman, tamaño 12, interlineado 1,5 y párrafos justificados.
3.
Los plagios
creativos deberán respetar la tipología textual y la temática de los textos originales.
4.
Los plagios
creativos se entregarán por correo electrónico a las profesoras de Lengua y
Literatura que cada alumno tiene como referencia en su curso.
Los alumnos de Ciclos Formativos podrán enviar dichos textos a la
siguiente dirección: rocioelenasasetan@iesmargaritasalas.org
5.
Los plagios
creativos podrán ir entregándose desde el día posterior a la publicación de
dicho concurso hasta el viernes 19 de febrero.
6.
El jurado estará
integrado por las profesoras del Departamento de Lengua y Literatura. El jurado
valorará la originalidad, la expresión, la ortografía y todos aquellos
elementos creativos que den forma al texto plagiado.
7.
El fallo del jurado
será inapelable y podrá declarar desiertos los premios cuando las obras no
reúnan la calidad necesaria.
8.
La resolución de los
ganadores se publicará durante la semana cultural.
9.
Los ganadores serán
elegidos en función del nivel educativo y tendrán como premio un cheque para
adquirir material escolar. Así los niveles serán los siguientes:
-
Primer nivel: 1º y
2º de la ESO
-
Segundo nivel: 3º y
4º de la ESO
-
Tercer nivel:
Bachillerato y Ciclos
10.
Se adjunta un
ejemplo como modelo de texto plagiado.
¡Anímate a participar!
Texto
original
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño
intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.
Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un
poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en
forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a
punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en
comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.
"¿Qué me ha ocurrido?", pensó.
No era un sueño. Su habitación, una
auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre
las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se
encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados —Samsa era
viajante de comercio—, estaba colgado aquel cuadro que hacía poco había
recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado.
Franz
Kafka, La metamorfosis y otros relatos, Cátedra.
Texto plagiado

TEXTOS PARA PLAGIAR
Nivel
1º y 2º ESO
Nadie habrá dejado de
observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube
en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca
paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se
repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables.
Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la
derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un
peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos
elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio
que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas
quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja
a un primer piso.
Las escaleras se suben de
frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La
actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin
esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los
peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y
regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del
cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y
que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer
peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte
equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse
con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir
hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y
en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más
difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre
entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no
levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al
segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse
con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de
talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del
descenso.
Julio Cortázar, Instrucciones
para subir una escalera.
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Alister Brocket se consideraba un hombre completamente normal.
Llevaba una vida normal en una casa normal, habitaba en un barrio normal donde
hacía cosas normales de una forma de lo más normal. Su esposa era normal, al
igual que sus dos hijos.
Alister no
quería mezclarse con personas raras ni con las que daban la nota. Cuando estaba
sentado en un vagón del metro y una pandilla de adolescentes hablaba a gritos
cerca de él, esperaba hasta la siguiente parada, se bajaba a toda prisa y se
subía en otro vagón antes de que las puertas volvieran a cerrarse.
Alister y su
mujer tenían tanto miedo de todo aquel que era diferente que acabaron
provocando una desgracia que tendría unas consecuencias desastrosas para toda
la familia.
Todo comenzó con
el nacimiento de su tercer hijo, Barnaby, quien empezó a demostrar desde el
primer día de su nacimiento que era de todo menos normal, al negarse a obedecer
la norma más fundamentales de todas: la ley de la gravedad.
John
Boyne, El increíble caso de Barnaby
Brocket.
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Juanito Pierdedía era un
gran viajero. Viaja que te viaja, llegó al país con el “des” delante.
-¿Pero qué clase de país es
este? -preguntó a un ciudadano que tomaba el fresco bajo un árbol.
El ciudadano, por toda
respuesta, sacó del bolsillo una navaja y se la enseñó bien abierta sobre la
palma de la mano.
-¿Ve esto?
-Es una navaja.
-Se equivoca. Esto es una
“desnavaja”, es decir, una navaja con el “des” delante. Sirve para hacer crecer
los lápices cuando están desgastados, y es muy útil en los colegios.
-Magnífico -dijo Juanito-.
¿Qué más?
-Luego tenemos el
“desperchero”.
-Querrá decir el perchero.
-De poco sirve un perchero
si no se tiene un abrigo que colgarle. Con nuestro “desperchero” todo es
distinto. No es necesario colgarle nada, ya está todo colgado. Si tiene
necesidad de un abrigo, va allí y lo descuelga. El que necesita una chaqueta no
tiene por qué ir a comprarla: va al desperchero y la descuelga. Hay el
desperchero de verano y el de invierno, el de hombre y el de mujer. Así nos
ahorramos mucho dinero.
Una auténtica maravilla.
¿Qué más?
-Luego tenemos la máquina
“desfotográfica”, que en lugar de hacer fotografías, hace caricaturas, y así
nos reímos. Luego tenemos el “descañón”.
-¡Brrrrr, qué miedo!
-¡Qué va! El “descañón” es
lo contrario al cañón, y sirve para deshacer la guerra.
-¿Y cómo funciona?
-Es sencillísimo; puede
manejarlo incluso un niño. Si hay guerra, tocamos la destrompeta, disparamos el
descañón y la guerra queda deshecha rápidamente.
-Qué maravilla el país con
el “des” delante.
Gianni Rodari, El país con el “des” delante.
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- Refranes
antiguos Gianni Rodari
- ¡Hola,
somos Refranes Antiguos!
- De noche
todos los gatos son pardos. Yo soy negro.
- Imposible:
los Refranes Antiguos siempre tienen razón. De la sorpresa y el disgusto,
el Refrán Antiguo se cayó del techo y se rompió una pierna.
- Otro
Refrán Antiguo fue a ver un partido de fútbol. Se acercó a un jugador y le
dijo al oído: Mejor solo que mal acompañado.
- El
futbolista intentó jugar solo, pero era algo terriblemente aburrido y no
podía ganar nunca, por lo que regresó al equipo.
- El
Refrán Antiguo de la decepción, cayó enfermo y tuvieron que extirparle las
amígdalas.
- Una vez
se encontraron tres Refranes Antiguos, y apenas habían abierto la boca
cuando empezaron a discutir. El que da primero da dos veces. En absoluto,
en el medio está la virtud. Error , hasta el fin nadie es dichoso.
- Se
agarraron del pelo y todavía siguen zurrándose.
- Luego
tenemos las historias de aquel Refrán Antiguo que tenía ganas de comerse
una pera y se puso bajo el árbol. La fruta madura cae por su propio peso.
- Pero la pera no cayó hasta que no estuvo podrida
del todo, y se aplastó contra la cabeza del Refrán Antiguo, que, muy
disgustado, presentó la dimisión.
Gianni Rodari, Refranes
antiguos.
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Nivel
3º y 4 ESO
Unas horas después, ya bien entrada la madrugada,
me desperté bruscamente, pasando sin solución de continuidad del sueño a la
vigilia. El dormitorio se hallaba a oscuras y en absoluto silencio. Sin
embargo, yo tenía la impresión..., no, la certeza de que había alguien más en
la habitación. Contuve el aliento y agucé el oído. Al poco, por detrás del
remoto batir de la lluvia, escuché, o creí escuchar, el débil sonido de una
respiración, cerca, muy cerca de mí. Se me erizó el vello del cuerpo y un
escalofrío me recorrió la espalda.
–¿Quién está ahí?... –pregunté en voz alta, aunque mucho menos
firme de lo que hubiera deseado.
No obtuve respuesta, pero el sonido de la respiración cesó
bruscamente, como si alguien contuviera el aliento. Entonces advertí algo: la
atmósfera del dormitorio estaba impregnada de un tenue perfume a flores, algo
así como el aroma de los nardos. De nuevo noté un escalofrío. La sensación de
que una presencia invisible se hallaba junto a mí fue tan intensa que, durante
unos segundos, experimenté un terror ciego e irracional. Tragué saliva e
intenté calmarme. Debía de haber alguna explicación lógica; quizás una de mis
primas había entrado en el cuarto para gastarme una broma. De hecho, Violeta
parecía muy capaz de algo así.
Haciendo acopio de coraje, me incorporé en la cama, tendí la
mano y encendí la lámpara que había sobre la mesilla de noche. El súbito
resplandor me deslumbró durante unos instantes. Cuando mis ojos se
acostumbraron a la luz, comprobé que, aparte de mí, en el dormitorio no había
nadie más.
Sentí un inmenso alivio, y al tiempo, una soterrada inquietud.
¿Qué había pasado? Conforme me tranquilizaba supuse que, al despertarme, mis
sueños se habían mezclado con la realidad, que me había influido el ambiente de
aquella vieja casa, que todo había sido, en definitiva, producto de mi
imaginación.
Sin embargo, cuando apagué la luz, tardé mucho en volver a
dormirme, pues aunque fuera un pensamiento absurdo, no podía quitarme de la
cabeza que aquella noche alguien o algo me había visitado en mi dormitorio.
César Mallorquí, Las lágrimas de Shiva
Anatema Device -su madre, que no era una gran
erudita en cuestiones
religiosas, leyó esa palabra una vez y pensó que para una niña
era un nombre encantador- tenía ocho años y medio y estaba leyendo El Libro
debajo de las sábanas, con una linterna.
Otros niños habían aprendido a leer lo básico con dibujos
coloreados de manzanas, pelotas, cucarachas y demás. Pero no la familia Device.
Anatema había aprendido a leer con El Libro.
No tenía ni manzanas ni pelotas. Más bien tenía un grabado de
Agnes la Chalada quemándose en la hoguera y con aspecto de estar satisfecha de
ello.
La primera palabra que aprendió a reconocer fue bueno. Muy pocos
niños de ocho años y medio sabían que bueno también significaba “escrupulosamente
exacto”, pero Anatema era una de ellos.
La segunda palabra fue ajustado.
La primera frase que leyó en voz alta fue:
“Dígovos esto, e con aquestas palabras cargaredes. Quatro
cavalgarán, e cavalgarán
otros Quatro; e dessos Quatro, Tres cavalgarán entre los cielos,
et entre las llamas Un, e nada podrá detenerlos; non los peces nin la luvia nin
los caminos, nin el Demonio nin los Ángeles. E vos, Anatema, allí seredes.”
A Anatema le encantaba leer sobre sí misma.
(Los padres bondadosos que leían los dominicales correctos
podían encargar libros en los que le ponían al protagonista el nombre de sus
hijos. De este modo el libro motivaba más al niño. En el caso de Anatema, no
sólo salía ella en El Libro, que hasta ahora había acertado en todo, sino
también sus padres, sus abuelos y todos desde el siglo XVII. Era demasiado
pequeña y egocéntrica en aquel momento para atribuirle alguna importancia al
hecho de que no se mencionara a sus hijos ni a ningún acontecimiento de su vida
posterior a los once años. A los ocho años y medio, once años parecen toda una
vida, y claro, si uno creía en El Libro, lo eran.)
Era una niña inteligente, de pálido rostro y de ojos y cabello
negros. Por lo general, tenía cierta tendencia a incomodar a la gente, un rasgo
familiar que había heredado, junto con el de ser más médium de lo que le
convenía, de su tatara-tatara-tatarabuela.
Era precoz y serena. Sus profesores sólo tuvieron valor para
reprenderla por su ortografía, que no es que fuera atroz, sino que estaba unos
cuantos siglos desfasada.
Neil Gaiman
y Terry Pratchett, Buenos presagios.
Nivel
Bachillerato y Ciclos.
Caminaba distraídamente por el camino y, de pronto, lo vio.
Allí estaba el imponente espejo
de mano, al lado del sendero, como esperándolo.
Se acercó, lo alzó y se miró en
él.
Se vio bien.
No se vio tan joven, pero los
años habían sido bastan-te bondadosos con él.
Sin embargo, había algo desagradable
en su propia imagen.
Cierta rigidez en los gestos lo
conectaba con los aspectos más agrios de su propia historia.
La rabia,
el desprecio,
la agresión,
el
abandono,
la soledad.
Sintió la tentación de llevárselo,
pero rápidamente desechó esa idea. Ya
había bastantes cosas desagradables en el planeta para cargar con una más.
Decidió irse y olvidar para
siempre ese camino y ese espejo insolente.
Caminó durante horas tratando
de vencer la tentación de volver hacia el espejo. Aquel misterioso objeto lo atraía como los
imanes atraen a los metales.
Resistió y aceleró el paso.
Tatareaba canciones infantiles
para no pensar en aquella imagen horrible de sí mismo.
Corriendo, llegó a la casa donde
había vivido desde siempre. Se metió
vestido en la cama y se tapó la cabeza con las sábanas.
Ya no veía el exterior, ni el
sendero, ni el espejo, ni su propia imagen reflejada en el espejo. Pero no podía evitar la memoria de aquella imagen.
La del resentimiento,
la del dolor,
la de la soledad,
la del desamor,
la del miedo,
la del menosprecio.
Había ciertas cosas indecibles e impensables...
Pero él sabía donde había empezado todo aquello
Había empezado aquella tarde, hacía treinta y tantos años...
El niño estaba tendido, llorando frente al lago el dolor de los malos
tratos de los demás
Aquella tarde, el niño decidió borrar, para siempre, la letra del
alfabeto.
Aquella letra.
Aquella.
La letra necesaria para nombrar al otro si está presente.
La letra imprescindible para hablar a los demás al dirigirles la palabra.
Si no había manera de nombrarlos dejarían de ser deseados...
Y entonces no habría motivo para sentirlos necesarios...
Y sin motivo ni forma de invocarlos
se sentiría, por fin, libre...
EPÍLOGO
Escribiendo sin «u»
puedo hablar hasta de mi cansancio,
de lo mío, del yo,
de lo que tengo,
de lo que me pertenece...
Hasta puedo escribir de él,
de ellos
y de los demás.
Pero sin «u»
no puedo hablar de ustedes,
del tú,
de lo vuestro.
No puedo hablar de lo suyo,
de lo tuyo,
ni siquiera de lo nuestro.
Así me pasa...
A veces pierdo la «u»...
y dejo de poder hablarte,
pensarte, amarte, decirte.
Sin «u», yo me quedo pero tú desapareces...
Y sin poder nombrarte,
¿cómo podría disfrutarte?
Como en el cuento... si tú no existes
me condeno a ver lo peor de mí mismo
reflejándose eternamente
en el mismo,
mismísimo,
estúpido
espejo.
Jorge Bucay, Cuento
sin u.
CANTIDADES PARA EL FONDANT:
800 gramos de azúcar granulado
60 gotas de limón y el agua suficiente para
que remoje el azúcar
Manera de hacerse:
Se ponen en una cacerola, el azúcar y el agua al fuego sin dejar
de moverla, hasta que empieza a hervir. Se cuela en otra cacerola y se vuelve a
poner al fuego agregándole el limón hasta que tome punto de bola floja,
limpiando de vez en cuando los bordes de la cacerola con un lienzo húmedo para
que la miel no se azucare; cuando ha tomado el punto anteriormente indicado se
vacía en otra cacerola húmeda, se rocía por encima y se deja enfriar un poco.
Después, con una espátula de madera, se bate hasta que empaniza.
Para aplicarlo, se le pone una cucharada de leche y se vuelve a
poner al fuego para que se deslíe, se pone después una gota de carmín y se
cubre con él únicamente la parte superior del pastel.
Nacha se dio cuenta de que Tita estaba mal, cuando ésta le
preguntó si no le iba a poner el carmín.
—Mi niña, se lo acabo de poner, ano ves el color rosado que
tiene?
—No...
—Vete a dormir niña, yo termino el turrón. Sólo las ollas saben
los hervores de su caldo, pero yo adivino los tuyos, y ya deja de llorar, que
me estás mojando el fondant y no va a servir, anda, ya vete.
Nacha cubrió de besos a Tita y la empujó fuera de la cocina. No
se explicaba de dónde había sacado nuevas lágrimas, pero las habla sacado y
alterado con ellas la textura del turrón. Ahora le costaría doble esfuerzo
dejarlo en su punto. Ya sola, se dio a la tarea de terminar con el turrón lo
más pronto posible, para irse a dormir. El turrón se hace con 10 claras de
huevo y 500 gramos de azúcar batidos a punto de hebra fuerte.
Cuando terminó, se le ocurrió darle un dedazo al fondant, para
ver si las lágrimas de Tita no habían alterado el sabor. Y no, aparente- mente,
no alteraron el sabor, pero sin saber por qué, a Nacha le entró de golpe una
gran nostalgia. Recordó uno a uno todos los banquetes de boda que había
preparado para la familia De la Garza con la ilusión de que, el próximo fuera
el suyo. A sus 85 años no valía la pena llorar, ni lamentarse de que nunca
hubieran llegado ni el esperado banquete ni la esperada boda, a pesar de que el
novio sí llegó, ¡vaya que había llegado! Sólo que la mamá de Mamá Elena se
habla encargado de ahuyentarlo. Desde entonces se habla conformado con gozar de
las bodas ajenas y así lo hizo por muchos años sin repelar. No sabía por qué lo
hacía ahora. Sentía que era una reverenda tontería, pero no podía dejar de
hacerlo. Cubrió con el turrón lo mejor que pudo el pastel y se fue a su cuarto,
con un fuerte dolor de pecho. Lloró toda la noche y a la mañana siguiente no
tuvo ánimos para asistir a la boda.
Tita hubiera dado cualquier cosa por estar en el lugar de Nacha,
pues ella no sólo tenía que estar presente en la iglesia, se sintiera como se
sintiera, sino que tenía que estar muy pendiente de que su rostro no revelara
la menor emoción. Creía poder lograrlo, siempre y cuando su mirada no se
cruzara con la de Pedro. Ese incidente podría destrozar toda la paz y
tranquilidad que aparentaba.
Sabía que ella, más que su hermana Rosaura, era el centro de
atención. Los invitados, más que cumplir con un acto social, querían regodearse
con la idea de su sufrimiento, pero no los complacería, no. Podía sentir
claramente cómo penetraban por sus espaldas los cuchicheos de los presentes a su
paso.
—¿Ya viste a Tita? ¡Pobrecita, su hermana se va a casar con su novio!
Yo los vi un día en la plaza del pueblo, tomados de la mano. ¡Tan felices que
se veían!
—¿No me digas? ¡Pues Paquita dice que ella vio cómo un día, en
plena misa, Pedro le pasó a Tita una carta de amor, perfumada y todo!
—¡Dicen que van a vivir en la misma casa! ¡Yo que Elena no lo
permitía!
—No creo que lo haga. ¡Ya ves cómo son los chismes!
No le gustaban nada esos comentarios. El papel de perdedora no
se había escrito para ella. ¡Tenía que tomar una clara actitud de triunfo! Como
una gran actriz representó su papel dignamente, tratando de que su mente
estuviera ocupada no en la marcha nupcial ni en las palabras del sacerdote ni
en el lazo y los anillos.
Se transportó al día en que a los nueve años se había ido de
pinta con los niños del pueblo. Tenía prohibido jugar con varones, pero ya
estaba harta de los juegos con sus hermanas. Se fueron a la orilla del río
grande para ver quién era capaz de cruzarlo a nado, en el menor tiempo. Qué
placer sintió ese día al ser ella la ganadora.
Otro de sus grandes triunfos ocurrió un tranquilo día de domingo
en el pueblo. Ella tenía catorce años y paseaba en carretela acompañada de sus
hermanas, cuando unos niños lanzaron un cohete. Los caballos salieron corriendo
espantadísimos. En las afueras del pueblo se desbocaron y el cochero perdió el
control del vehículo.
Tita lo hizo a un lado de un empujón y ella sola pudo dominar a
los cuatro caballos.
Cuando algunos hombres del pueblo a galope las alcanzaron para
ayudarlas, se admiraron de la hazaña de Tita.
En el pueblo la recibieron como a una heroína.
Estas y otras muchas remembranzas parecidas la tuvieron ocupada
durante la ceremonia, haciéndola lucir una apacible sonrisa de gata complacida,
hasta que a la hora de los abrazos tuvo que felicitar a su hermana. Pedro, que
estaba junto a ella, le dijo a Tira:
—¿Y a mí no me va a felicitar?
—Sí, cómo no. Que sea muy feliz.
Pedro, abrazándola más cerca de lo que las
normas sociales permiten, aprovechó la única oportunidad que
tenía de poder decirle a Tita algo al oído.
—Estoy seguro de que así será, pues logré con esta boda lo que
tanto anhelaba: estar cerca de usted, la mujer que verdaderamente amo...
Las palabras que Pedro acababa de pronunciar fueron para Tita
como refrescante brisa que enciende los restos de carbón a punto de apagarse.
Su cara por tantos meses forzada a no mostrar sus sentimientos experimentó un cambio
incontrolable, su rostro reflejó gran alivio y felicidad. (...)
mientras comía apuradamente su rebanada. Sus pensamientos la
tenían tan ensimismada que no le permitieron observar que algo raro sucedía a
su alrededor. Una inmensa nostalgia se adueñaba de todos los presentes en
cuanto le daban el primer bocado al pastel. Inclusive Pedro, siempre tan
propio, hacía un esfuerzo tremendo por contener las lágrimas. Y Mamá Elena, que
ni cuando su esposo murió había derramado una infeliz lágrima, lloraba silenciosamente.
Y eso no fue todo, el llanto fue el primer síntoma de una intoxicación rara que
tenía algo que ver con una gran melancolía y frustración que hizo presa de
todos los invitados y los hizo terminar en el patio, los corrales y los baños
añorando cada uno al amor de su vida. Ni uno solo escapó del hechizo y sólo
algunos afortunados llegaron a tiempo a los baños; los que no, participaron de
la vomitona colectiva que se organizó en pleno patio. Bueno, la única a quien
el pastel le hizo
lo que el viento a Juárez fue a Tita. En cuanto terminó de
comerlo abandonó la fiesta. Quería notificarle a Nacha cuanto antes que estaba
en lo cierto al decir que Pedro la amaba sólo a ella. Por ir imaginando la cara
de felicidad que Nacha pondría no se percató de la desdicha que crecía a su
paso hasta llegar a alcanzar niveles patéticamente alarmantes.
Rosaura, entre arqueadas, tuvo que abandonar la mesa de honor.
Procuraba por todos los medios controlar la náusea, ¡pero ésta
era más poderosa que ella!
Tenía toda la intención de salvar su vestido de novia de las
deposiciones de los parientes
y amigos, pero al intentar cruzar el patio resbaló y no hubo un
solo pedazo de su vestido que quedara libre de vómito. Un voluminoso río
macilento la envolvió y la arrastró algunos metros, provocando que sin poderse
resistir más lanzara como un volcán en erupción estruendosas bocanadas de
vómito ante la horrorizada mirada de Pedro. Rosaura lamentó muchísimo este
incidente que arruinó su boda y no hubo poder humano que le quitara de la mente
que Tita había mezclado algún elemento en el pastel.
Pasó toda la noche entre quejidos y el tormento que le provocaba
la idea de deponer sobre las sábanas que tanto tiempo se había tardado en
bordar.
Laura Esquivel
Valdés, Como agua para chocolate.