miércoles, 17 de febrero de 2021

Plagio Creativo

 COMUNICA 20-21

Desde el Departamento de Lengua hemos diseñado una actividad destinada a todo el alumnado del Centro, la cual explicamos a continuación.


Concurso  Plagio Creativo

 

Introducción

 

Desde nuestro centro, I.E.S Margarita Salas, queremos realizar diferentes tipos de actividades que fomenten la creatividad artística de nuestro alumnado. Por este motivo, desde el Departamento de Lengua Castellana y Literatura hemos diseñado un concurso que desarrolle dicha capacidad artística entre el alumnado de ESO, Bachillerato y Ciclos Formativos.

 

El concurso de “Plagio Creativo” consiste en recrear la historia de una serie de textos seleccionados adoptando la voz del narrador o del personaje. ¿Cómo contarías esa historia? ¿Cómo transmitirías ese sentimiento?, ¿Cómo describirías ese paisaje? Queremos escucharte y descubrir lo que eres capaz de versionar.

 

 

Bases del concurso

 

1.      En este concurso puede participar todo el alumnado del I.E.S. Margarita Salas.

 

2.      Los textos deberán ser entregados en formato digital y con las siguientes características: letra Times New Roman, tamaño 12, interlineado 1,5 y párrafos justificados.

 

3.      Los plagios creativos deberán respetar la tipología textual y la temática de los textos originales.

 

4.      Los plagios creativos se entregarán por correo electrónico a las profesoras de Lengua y Literatura que cada alumno tiene como referencia en su curso.

  Los alumnos de Ciclos Formativos podrán enviar dichos textos a la siguiente dirección:     rocioelenasasetan@iesmargaritasalas.org

 

5.      Los plagios creativos podrán ir entregándose desde el día posterior a la publicación de dicho concurso hasta el viernes 19 de febrero.

 

 

 

 

 

6.      El jurado estará integrado por las profesoras del Departamento de Lengua y Literatura. El jurado valorará la originalidad, la expresión, la ortografía y todos aquellos elementos creativos que den forma al texto plagiado.

 

7.      El fallo del jurado será inapelable y podrá declarar desiertos los premios cuando las obras no reúnan la calidad necesaria.

 

8.      La resolución de los ganadores se publicará durante la semana cultural.

 

9.      Los ganadores serán elegidos en función del nivel educativo y tendrán como premio un cheque para adquirir material escolar. Así los niveles serán los siguientes:

-  Primer nivel: 1º y 2º de la ESO

-  Segundo nivel: 3º y 4º de la ESO

-  Tercer nivel: Bachillerato y Ciclos

 

10.         Se adjunta un ejemplo como modelo de texto plagiado.

 

 

¡Anímate a participar!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto original

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.

"¿Qué me ha ocurrido?", pensó.

No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados —Samsa era viajante de comercio—, estaba colgado aquel cuadro que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. 

Franz Kafka, La metamorfosis y otros relatos, Cátedra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto plagiado


 


TEXTOS PARA PLAGIAR

 

Nivel 1º y 2º ESO

 

 

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Julio Cortázar, Instrucciones para subir una escalera.

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Alister Brocket se consideraba un hombre completamente normal. Llevaba una vida normal en una casa normal, habitaba en un barrio normal donde hacía cosas normales de una forma de lo más normal. Su esposa era normal, al igual que sus dos hijos.

            Alister no quería mezclarse con personas raras ni con las que daban la nota. Cuando estaba sentado en un vagón del metro y una pandilla de adolescentes hablaba a gritos cerca de él, esperaba hasta la siguiente parada, se bajaba a toda prisa y se subía en otro vagón antes de que las puertas volvieran a cerrarse.

            Alister y su mujer tenían tanto miedo de todo aquel que era diferente que acabaron provocando una desgracia que tendría unas consecuencias desastrosas para toda la familia.

            Todo comenzó con el nacimiento de su tercer hijo, Barnaby, quien empezó a demostrar desde el primer día de su nacimiento que era de todo menos normal, al negarse a obedecer la norma más fundamentales de todas: la ley de la gravedad.

                                   

                                               John Boyne, El increíble caso de Barnaby Brocket.

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Juanito Pierdedía era un gran viajero. Viaja que te viaja, llegó al país con el “des” delante.

-¿Pero qué clase de país es este? -preguntó a un ciudadano que tomaba el fresco bajo un árbol.

El ciudadano, por toda respuesta, sacó del bolsillo una navaja y se la enseñó bien abierta sobre la palma de la mano.

-¿Ve esto?

-Es una navaja.

-Se equivoca. Esto es una “desnavaja”, es decir, una navaja con el “des” delante. Sirve para hacer crecer los lápices cuando están desgastados, y es muy útil en los colegios.

-Magnífico -dijo Juanito-. ¿Qué más?

-Luego tenemos el “desperchero”.

-Querrá decir el perchero.

-De poco sirve un perchero si no se tiene un abrigo que colgarle. Con nuestro “desperchero” todo es distinto. No es necesario colgarle nada, ya está todo colgado. Si tiene necesidad de un abrigo, va allí y lo descuelga. El que necesita una chaqueta no tiene por qué ir a comprarla: va al desperchero y la descuelga. Hay el desperchero de verano y el de invierno, el de hombre y el de mujer. Así nos ahorramos mucho dinero.

Una auténtica maravilla.

 

¿Qué más?

-Luego tenemos la máquina “desfotográfica”, que en lugar de hacer fotografías, hace caricaturas, y así nos reímos. Luego tenemos el “descañón”.

-¡Brrrrr, qué miedo!

-¡Qué va! El “descañón” es lo contrario al cañón, y sirve para deshacer la guerra.

-¿Y cómo funciona?

-Es sencillísimo; puede manejarlo incluso un niño. Si hay guerra, tocamos la destrompeta, disparamos el descañón y la guerra queda deshecha rápidamente.

-Qué maravilla el país con el “des” delante.

Gianni Rodari, El país con el “des” delante.

 

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  1. Refranes antiguos Gianni Rodari
  2. ¡Hola, somos Refranes Antiguos!
  3. De noche todos los gatos son pardos. Yo soy negro.
  4. Imposible: los Refranes Antiguos siempre tienen razón. De la sorpresa y el disgusto, el Refrán Antiguo se cayó del techo y se rompió una pierna.
  5. Otro Refrán Antiguo fue a ver un partido de fútbol. Se acercó a un jugador y le dijo al oído: Mejor solo que mal acompañado.
  6. El futbolista intentó jugar solo, pero era algo terriblemente aburrido y no podía ganar nunca, por lo que regresó al equipo.
  7. El Refrán Antiguo de la decepción, cayó enfermo y tuvieron que extirparle las amígdalas.
  8. Una vez se encontraron tres Refranes Antiguos, y apenas habían abierto la boca cuando empezaron a discutir. El que da primero da dos veces. En absoluto, en el medio está la virtud. Error , hasta el fin nadie es dichoso.
  9. Se agarraron del pelo y todavía siguen zurrándose.
  10. Luego tenemos las historias de aquel Refrán Antiguo que tenía ganas de comerse una pera y se puso bajo el árbol. La fruta madura cae por su propio peso.
  11. Pero la pera no cayó hasta que no estuvo podrida del todo, y se aplastó contra la cabeza del Refrán Antiguo, que, muy disgustado, presentó la dimisión.

Gianni Rodari, Refranes antiguos.

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Nivel 3º y 4 ESO

 

Unas horas después, ya bien entrada la madrugada, me desperté bruscamente, pasando sin solución de continuidad del sueño a la vigilia. El dormitorio se hallaba a oscuras y en absoluto silencio. Sin embargo, yo tenía la impresión..., no, la certeza de que había alguien más en la habitación. Contuve el aliento y agucé el oído. Al poco, por detrás del remoto batir de la lluvia, escuché, o creí escuchar, el débil sonido de una respiración, cerca, muy cerca de mí. Se me erizó el vello del cuerpo y un escalofrío me recorrió la espalda.

–¿Quién está ahí?... –pregunté en voz alta, aunque mucho menos firme de lo que hubiera deseado.

No obtuve respuesta, pero el sonido de la respiración cesó bruscamente, como si alguien contuviera el aliento. Entonces advertí algo: la atmósfera del dormitorio estaba impregnada de un tenue perfume a flores, algo así como el aroma de los nardos. De nuevo noté un escalofrío. La sensación de que una presencia invisible se hallaba junto a mí fue tan intensa que, durante unos segundos, experimenté un terror ciego e irracional. Tragué saliva e intenté calmarme. Debía de haber alguna explicación lógica; quizás una de mis primas había entrado en el cuarto para gastarme una broma. De hecho, Violeta parecía muy capaz de algo así.

Haciendo acopio de coraje, me incorporé en la cama, tendí la mano y encendí la lámpara que había sobre la mesilla de noche. El súbito resplandor me deslumbró durante unos instantes. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, comprobé que, aparte de mí, en el dormitorio no había nadie más.

Sentí un inmenso alivio, y al tiempo, una soterrada inquietud. ¿Qué había pasado? Conforme me tranquilizaba supuse que, al despertarme, mis sueños se habían mezclado con la realidad, que me había influido el ambiente de aquella vieja casa, que todo había sido, en definitiva, producto de mi imaginación.

Sin embargo, cuando apagué la luz, tardé mucho en volver a dormirme, pues aunque fuera un pensamiento absurdo, no podía quitarme de la cabeza que aquella noche alguien o algo me había visitado en mi dormitorio.

 

César Mallorquí, Las lágrimas de Shiva

 

 

 

 

 

 

 

 

Anatema Device -su madre, que no era una gran erudita en cuestiones

religiosas, leyó esa palabra una vez y pensó que para una niña era un nombre encantador- tenía ocho años y medio y estaba leyendo El Libro debajo de las sábanas, con una linterna.

Otros niños habían aprendido a leer lo básico con dibujos coloreados de manzanas, pelotas, cucarachas y demás. Pero no la familia Device. Anatema había aprendido a leer con El Libro.

No tenía ni manzanas ni pelotas. Más bien tenía un grabado de Agnes la Chalada quemándose en la hoguera y con aspecto de estar satisfecha de ello.

La primera palabra que aprendió a reconocer fue bueno. Muy pocos niños de ocho años y medio sabían que bueno también significaba “escrupulosamente exacto”, pero Anatema era una de ellos.

La segunda palabra fue ajustado.

La primera frase que leyó en voz alta fue:

“Dígovos esto, e con aquestas palabras cargaredes. Quatro cavalgarán, e cavalgarán

otros Quatro; e dessos Quatro, Tres cavalgarán entre los cielos, et entre las llamas Un, e nada podrá detenerlos; non los peces nin la luvia nin los caminos, nin el Demonio nin los Ángeles. E vos, Anatema, allí seredes.”

A Anatema le encantaba leer sobre sí misma.

(Los padres bondadosos que leían los dominicales correctos podían encargar libros en los que le ponían al protagonista el nombre de sus hijos. De este modo el libro motivaba más al niño. En el caso de Anatema, no sólo salía ella en El Libro, que hasta ahora había acertado en todo, sino también sus padres, sus abuelos y todos desde el siglo XVII. Era demasiado pequeña y egocéntrica en aquel momento para atribuirle alguna importancia al hecho de que no se mencionara a sus hijos ni a ningún acontecimiento de su vida posterior a los once años. A los ocho años y medio, once años parecen toda una vida, y claro, si uno creía en El Libro, lo eran.)

Era una niña inteligente, de pálido rostro y de ojos y cabello negros. Por lo general, tenía cierta tendencia a incomodar a la gente, un rasgo familiar que había heredado, junto con el de ser más médium de lo que le convenía, de su tatara-tatara-tatarabuela.

Era precoz y serena. Sus profesores sólo tuvieron valor para reprenderla por su ortografía, que no es que fuera atroz, sino que estaba unos cuantos siglos desfasada.

 

Neil Gaiman  y Terry Pratchett, Buenos presagios.

 

 

 

 

 

 

Nivel Bachillerato y Ciclos.

 

Caminaba distraídamente por el camino y, de pronto, lo vio.

 

    Allí estaba el imponente espejo de mano, al lado del sendero, como esperándolo.

 

    Se acercó, lo alzó y se miró en él.

 

    Se vio bien.

 

    No se vio tan joven, pero los años habían sido bastan-te bondadosos con él.

 

    Sin embargo, había algo desagradable en su propia  imagen.

 

    Cierta rigidez en los gestos lo conectaba con los aspectos más agrios de su propia historia.

 

La rabia,

 

                   el desprecio,

 

                                         la agresión,

 

                                                            el abandono,

 

                                                                            la soledad.

 

  Sintió la tentación de llevárselo, pero rápidamente desechó   esa idea. Ya había bastantes cosas desagradables en el planeta para cargar con una más.

 

 

 

    Decidió irse y olvidar para siempre ese camino y ese espejo insolente.

 

     Caminó durante horas tratando de vencer la tentación de volver hacia el espejo.  Aquel misterioso objeto lo atraía como los imanes atraen a los metales.

 

    Resistió y aceleró el paso.

 

    Tatareaba canciones infantiles para no pensar en aquella imagen horrible de sí mismo.

 

    Corriendo, llegó a la casa donde había vivido desde siempre.  Se metió vestido en la cama y se tapó la cabeza con las sábanas.

 

     Ya no veía el exterior, ni el sendero, ni el espejo, ni su propia imagen reflejada en el espejo.  Pero no podía evitar la  memoria de aquella imagen.

 

             La del resentimiento,

 

              la del dolor,

 

              la de la soledad,

 

              la del desamor,

 

              la del miedo,

 

              la del menosprecio.

 

Había ciertas cosas indecibles e impensables...

 

Pero él sabía donde había empezado todo aquello

 

Había empezado aquella tarde, hacía treinta y tantos años...

 

El niño estaba tendido, llorando frente al lago el dolor de los malos tratos de los demás

 

Aquella tarde, el niño decidió borrar, para siempre, la letra del alfabeto.

 

Aquella letra.

 

Aquella.

 

La letra necesaria para nombrar al otro si está presente.

 

La letra imprescindible para hablar a los demás al dirigirles la palabra.

 

Si no había manera de nombrarlos dejarían de ser deseados...

 

Y entonces no habría motivo para sentirlos necesarios...

 

Y sin motivo ni forma de invocarlos

 

se sentiría, por fin, libre...

 

 

 

 

EPÍLOGO

 

Escribiendo sin «u»

 

puedo hablar hasta de mi cansancio,

 

de lo mío, del yo,

 

de lo que tengo,

 

de lo que me pertenece...

 

Hasta puedo escribir de él,

 

de ellos

 

y de los demás.

 

Pero sin «u»

 

no puedo hablar de ustedes,

 

del tú,

 

de lo vuestro.

 

No puedo hablar de lo suyo,

 

de lo tuyo,

 

ni siquiera de lo nuestro.

 

Así me pasa...

 

A veces pierdo la «u»...

 

y dejo de poder hablarte,

 

pensarte, amarte, decirte.

 

Sin «u», yo me quedo pero tú desapareces...

 

Y sin poder nombrarte,

 

¿cómo podría disfrutarte?

 

Como en el cuento... si tú no existes

 

me condeno a ver lo peor de mí mismo

 

 

reflejándose eternamente

 

en el mismo,

 

mismísimo,

 

estúpido

 

espejo.

 

Jorge Bucay, Cuento sin u.

­­­­­­­

 

 

CANTIDADES PARA EL FONDANT:

800 gramos de azúcar granulado

60 gotas de limón y el agua suficiente para

que remoje el azúcar

Manera de hacerse:

Se ponen en una cacerola, el azúcar y el agua al fuego sin dejar de moverla, hasta que empieza a hervir. Se cuela en otra cacerola y se vuelve a poner al fuego agregándole el limón hasta que tome punto de bola floja, limpiando de vez en cuando los bordes de la cacerola con un lienzo húmedo para que la miel no se azucare; cuando ha tomado el punto anteriormente indicado se vacía en otra cacerola húmeda, se rocía por encima y se deja enfriar un poco.

Después, con una espátula de madera, se bate hasta que empaniza.

Para aplicarlo, se le pone una cucharada de leche y se vuelve a poner al fuego para que se deslíe, se pone después una gota de carmín y se cubre con él únicamente la parte superior del pastel.

Nacha se dio cuenta de que Tita estaba mal, cuando ésta le preguntó si no le iba a poner el carmín.

—Mi niña, se lo acabo de poner, ano ves el color rosado que tiene?

—No...

—Vete a dormir niña, yo termino el turrón. Sólo las ollas saben los hervores de su caldo, pero yo adivino los tuyos, y ya deja de llorar, que me estás mojando el fondant y no va a servir, anda, ya vete.

Nacha cubrió de besos a Tita y la empujó fuera de la cocina. No se explicaba de dónde había sacado nuevas lágrimas, pero las habla sacado y alterado con ellas la textura del turrón. Ahora le costaría doble esfuerzo dejarlo en su punto. Ya sola, se dio a la tarea de terminar con el turrón lo más pronto posible, para irse a dormir. El turrón se hace con 10 claras de huevo y 500 gramos de azúcar batidos a punto de hebra fuerte.

 

Cuando terminó, se le ocurrió darle un dedazo al fondant, para ver si las lágrimas de Tita no habían alterado el sabor. Y no, aparente- mente, no alteraron el sabor, pero sin saber por qué, a Nacha le entró de golpe una gran nostalgia. Recordó uno a uno todos los banquetes de boda que había preparado para la familia De la Garza con la ilusión de que, el próximo fuera el suyo. A sus 85 años no valía la pena llorar, ni lamentarse de que nunca hubieran llegado ni el esperado banquete ni la esperada boda, a pesar de que el novio sí llegó, ¡vaya que había llegado! Sólo que la mamá de Mamá Elena se habla encargado de ahuyentarlo. Desde entonces se habla conformado con gozar de las bodas ajenas y así lo hizo por muchos años sin repelar. No sabía por qué lo hacía ahora. Sentía que era una reverenda tontería, pero no podía dejar de hacerlo. Cubrió con el turrón lo mejor que pudo el pastel y se fue a su cuarto, con un fuerte dolor de pecho. Lloró toda la noche y a la mañana siguiente no tuvo ánimos para asistir a la boda.

Tita hubiera dado cualquier cosa por estar en el lugar de Nacha, pues ella no sólo tenía que estar presente en la iglesia, se sintiera como se sintiera, sino que tenía que estar muy pendiente de que su rostro no revelara la menor emoción. Creía poder lograrlo, siempre y cuando su mirada no se cruzara con la de Pedro. Ese incidente podría destrozar toda la paz y tranquilidad que aparentaba.

Sabía que ella, más que su hermana Rosaura, era el centro de atención. Los invitados, más que cumplir con un acto social, querían regodearse con la idea de su sufrimiento, pero no los complacería, no. Podía sentir claramente cómo penetraban por sus espaldas los cuchicheos de los presentes a su paso.

—¿Ya viste a Tita? ¡Pobrecita, su hermana se va a casar con su novio! Yo los vi un día en la plaza del pueblo, tomados de la mano. ¡Tan felices que se veían!

—¿No me digas? ¡Pues Paquita dice que ella vio cómo un día, en plena misa, Pedro le pasó a Tita una carta de amor, perfumada y todo!

—¡Dicen que van a vivir en la misma casa! ¡Yo que Elena no lo permitía!

—No creo que lo haga. ¡Ya ves cómo son los chismes!

No le gustaban nada esos comentarios. El papel de perdedora no se había escrito para ella. ¡Tenía que tomar una clara actitud de triunfo! Como una gran actriz representó su papel dignamente, tratando de que su mente estuviera ocupada no en la marcha nupcial ni en las palabras del sacerdote ni en el lazo y los anillos.

Se transportó al día en que a los nueve años se había ido de pinta con los niños del pueblo. Tenía prohibido jugar con varones, pero ya estaba harta de los juegos con sus hermanas. Se fueron a la orilla del río grande para ver quién era capaz de cruzarlo a nado, en el menor tiempo. Qué placer sintió ese día al ser ella la ganadora.

Otro de sus grandes triunfos ocurrió un tranquilo día de domingo en el pueblo. Ella tenía catorce años y paseaba en carretela acompañada de sus hermanas, cuando unos niños lanzaron un cohete. Los caballos salieron corriendo espantadísimos. En las afueras del pueblo se desbocaron y el cochero perdió el control del vehículo.

 

Tita lo hizo a un lado de un empujón y ella sola pudo dominar a los cuatro caballos.

Cuando algunos hombres del pueblo a galope las alcanzaron para ayudarlas, se admiraron de la hazaña de Tita.

En el pueblo la recibieron como a una heroína.

Estas y otras muchas remembranzas parecidas la tuvieron ocupada durante la ceremonia, haciéndola lucir una apacible sonrisa de gata complacida, hasta que a la hora de los abrazos tuvo que felicitar a su hermana. Pedro, que estaba junto a ella, le dijo a Tira:

—¿Y a mí no me va a felicitar?

—Sí, cómo no. Que sea muy feliz.

Pedro, abrazándola más cerca de lo que las

normas sociales permiten, aprovechó la única oportunidad que tenía de poder decirle a Tita algo al oído.

—Estoy seguro de que así será, pues logré con esta boda lo que tanto anhelaba: estar cerca de usted, la mujer que verdaderamente amo...

Las palabras que Pedro acababa de pronunciar fueron para Tita como refrescante brisa que enciende los restos de carbón a punto de apagarse. Su cara por tantos meses forzada a no mostrar sus sentimientos experimentó un cambio incontrolable, su rostro reflejó gran alivio y felicidad. (...)

 

mientras comía apuradamente su rebanada. Sus pensamientos la tenían tan ensimismada que no le permitieron observar que algo raro sucedía a su alrededor. Una inmensa nostalgia se adueñaba de todos los presentes en cuanto le daban el primer bocado al pastel. Inclusive Pedro, siempre tan propio, hacía un esfuerzo tremendo por contener las lágrimas. Y Mamá Elena, que ni cuando su esposo murió había derramado una infeliz lágrima, lloraba silenciosamente. Y eso no fue todo, el llanto fue el primer síntoma de una intoxicación rara que tenía algo que ver con una gran melancolía y frustración que hizo presa de todos los invitados y los hizo terminar en el patio, los corrales y los baños añorando cada uno al amor de su vida. Ni uno solo escapó del hechizo y sólo algunos afortunados llegaron a tiempo a los baños; los que no, participaron de la vomitona colectiva que se organizó en pleno patio. Bueno, la única a quien el pastel le hizo

lo que el viento a Juárez fue a Tita. En cuanto terminó de comerlo abandonó la fiesta. Quería notificarle a Nacha cuanto antes que estaba en lo cierto al decir que Pedro la amaba sólo a ella. Por ir imaginando la cara de felicidad que Nacha pondría no se percató de la desdicha que crecía a su paso hasta llegar a alcanzar niveles patéticamente alarmantes.

Rosaura, entre arqueadas, tuvo que abandonar la mesa de honor.

Procuraba por todos los medios controlar la náusea, ¡pero ésta era más poderosa que ella!

Tenía toda la intención de salvar su vestido de novia de las deposiciones de los parientes

y amigos, pero al intentar cruzar el patio resbaló y no hubo un solo pedazo de su vestido que quedara libre de vómito. Un voluminoso río macilento la envolvió y la arrastró algunos metros, provocando que sin poderse resistir más lanzara como un volcán en erupción estruendosas bocanadas de vómito ante la horrorizada mirada de Pedro. Rosaura lamentó muchísimo este incidente que arruinó su boda y no hubo poder humano que le quitara de la mente que Tita había mezclado algún elemento en el pastel.

Pasó toda la noche entre quejidos y el tormento que le provocaba la idea de deponer sobre las sábanas que tanto tiempo se había tardado en bordar.

 

Laura Esquivel Valdés, Como agua para chocolate.





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